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                El viaje llegó a su final. Un viaje hermoso, lleno de vivencias increíbles, andanzas, felicidad, amor, amistad, música, buena vibra. Un viaje inolvidable que quedará grabado en nuestras almas por siempre.

                Gracias a todos aquellos que formaron parte de esta peregrinación en mayor o menor medida, ya que esas vivencias nunca hubiesen sido las mismas sin su luminosa presencia.

                Gracias a todos aquellos que nos acompañaron espiritualmente con su aliento y sus palabras desde nuestra patria y tierras más alejadas.

                Gracias a la vida por ser tan hermosa y habernos permitido andar todos estos caminos.

                Y por sobre todas las cosas gracias a Dios quien nos brindo la posibilidad de vivir esta increíble travesía. Por hacernos vivir la vida de esta manera y no otra. Por hacer que nuestros sueños alcanzaran lo sublime. Por habernos recordado que a pesar de todas las atrocidades que se cometen es este mundo el amor sigue siendo quien hace que nuestro planeta tierra siga girando.

                A la lejanía se escuchan los sonidos de dos guitarras. Sonidos que son llevados por el viento a todas las latitudes. La música de la eternidad . . .

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img_3251                El aire fresco, que se colaba por las ventanillas del viejo y destartalado autobús, acariciaba nuestros soñadores rostros. Hacía varios días que nos habíamos adentrado en las frondosas tierras tailandesas. La tierra prometida. La tierra de la libertad. Libertad en todos los sentidos. Libertad en cuerpo y alma. Siendo el cuerpo quien abre los caminos del mundo. Siendo el alma quien se eleva hacia los confines más alejados del espacio.

                Para muchos, Pai puede ser un lugar más del viaje, un punto más del recorrido turístico, en donde sus adormecidos cuerpos pasan a través de él como si aquel diminuto y encantador poblado escondido entre las siluetas de las montañas no existiese, cual enajenado tren ignora una abandonada y desolada estación en medio de su camino.

                Pai fue para nosotros un amor a primera vista. Luis sentado en la calle contemplaba sonriente el ir y venir de los transeúntes. Yo en la esquina opuesta, apoyado sobre mi mochila disfrutaba de la tranquilidad que invadía las calles de Pai. Bastó, solo una mirada y una sonrisa, para darnos cuenta que estábamos enamorados.

img_3265                Pai nos mostraba, como tantos otros lugares, que los sueños pueden hacerse realidad si realmente se desean con el corazón. Nos mostraba como la música nos volvía a abrir las puertas de las almas en perfecta unión y armonía. Nuestras almas rasgueando y cantando. Sus almas bailando y disfrutando. Porque nuestra música puede vibrar, sí, pero nada hubiese sido sin esas hermosas almas danzantes.

                Pai un lugar detrás del arcoíris. Un lugar que nos enseño que no hay nada más importante y hermoso en esta vida que luchar por los sueños. Que no hay satisfacción más grande que jugarse por lo que nuestro corazón nos dictamina.

                Allá, a lo lejos, se eleva hacia el cielo, un globo de fuego, llevando consigo los deseos más profundos de aquellos que pisaron y amaron Pai. Deseos que se elevan hacia el cielo infinito de la vida.

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                Dejábamos Vientiane, haciendo oídos sordos a los desesperados y efusivos gritos de Tailandia, quien buscaba ansiosamente que acariciásemos sus costas. El Mekong, imparcial en aquella disputa de países, seguía el ritmo de su tranquilo curso, siendo, su único temor, que nos alejásemos de sus aguas. En contrapartida el norte de Laos nos tentaba con su montañosa y selvática geografía.

                Habíamos llegado a Vientiane, días atrás, en manos de una generosa y simpática familia china. Vientiane fue para nosotros, una ciudad tranquila, una ciudad en donde el aire fresco que transitaba por sus calles nos traía el recuerdo de una lejana y hermosa Buenos Aires primaveral.

                El día de nuestra partida, las temperaturas parecían haberse elevado a valores exorbitantes. Con un importante abatimiento arribamos a un desolado poblado recostado sobre la ruta. Hambrientos y sedientos buscamos algún lugar que nos abasteciera. Fue en los confines del pueblo donde una hirviente y picante sopa de noodles nos hizo transpirar más que el mismísimo calor del sol.

                La ruta seguía desierta. Pocos eran los autos que se atrevían a atravesarla, y más los que disimulaban nuestra presencia. Entrada la tarde apareció aquella camioneta que nos dejaría en Vang Vieng. El camino se sorteaba entre pequeñas montañas cubiertas por el manto verde de la vegetación. El poniente sol, que se entremezclaba entre las sinuosas laderas, iluminaba nuestros extenuados, pero felices rostros de tanto en tanto.

                Era de noche cuando el aire empezó a cambiar. Un aire fresco que traía el aroma a tierra mojada. Olor a lluvia. Ese olor que invade el ambiente y penetra intensamente en los pulmones antes de que la lluvia haga presencia. Ese olor que siempre es tan hermoso, esta vez no lo era tanto. Estábamos entregados en aquella camioneta. Primero fue una gota. Después dos. Hasta que de golpe el cielo estalló en un sinfín de enormes y pesadas gotas. Buscamos el poncho de Luis, que poco pudo hacer ante ese desenfrenado viento que nos golpeaba con más fuerza que nunca. En un abrir y cerrar de ojos nos convertimos en dos trapos mojados. No podíamos evitar reírnos. El agua se colaba por todos los recovecos, no había forma de impedir aquel inevitable contacto. Empapados, por no decir inundados, llegamos a Vang Vieng.

                El bullicio de la vecindad fue tomando vida. Un celeste cielo anunciaba que el día iba a ser caluroso. Sentados en la esquina, saboreamos aquel último y rutinario licuado de banana. Delicioso. Frío. Espeso. Un deleite para las papilas gustativas.

                La hora había llegado. Mochilas al hombro. Guitarras en mano. Caminamos pausadamente hacia las afueras de la ciudad. Los autos disimulaban nuestra presencia aumentando desmesuradamente su velocidad. Costaba salir de Pakse. El vehemente calor hacía sentir su ardiente presencia. Los pelos se enmarañaban, apegándose unos a otros, cada vez que el viento acariciaba el camino. Tramo a tramo fuimos conquistando aquella rebelde ruta. No interesaba si eran cinco, diez o veinte kilómetros. Lo importante era avanzar.

                Bajo la sombra de un bondadoso árbol contemplábamos la desierta carretera. Los autos habían decidido no exponer su carrocería ante aquel eterno calor. En aquella ociosa espera fue que nació el campeonato de básquet rutero. Posesionados en ese certamen, pasaron por alto algunas esporádicas camionetas. Nos habíamos olvidado de nuestro objetivo principal. Estábamos felices y sin apuro. Con un ajustado 4 – 4 decidimos concluir con el campeonato y dignarnos a salir de nuestra holgazanería.

                Con el sol ya a nuestras espaldas llegamos finalmente a Savannakhet. Extenuados después de ese intenso y largo día. Sobre las márgenes del Mekong, sintiendo como el refrescante aire, proveniente de Tailandia, nos provocaba y presumía, nos deleitamos con unos exquisitos pinchos. Fueron 250 kilómetros impregnados de sol, viento y mucha felicidad.

                El día comenzaba a clarear. Todavía, un poco dormidos, nos fuimos sumergiendo en la ruta nacional número 13. Carretera que atraviesa Laos de norte a sur, convirtiéndose de esta manera en su espina dorsal. El simple hecho de estar parados en la ruta, esperando que alguien nos levantara, nos llenaba de felicidad. Sentir el aire fresco. La soledad. Era hermoso.

                Habíamos decidido viajar a dedo por Laos. Sabíamos que no emprendíamos una tarea fácil. Siempre, siendo dos hombres, las posibilidades eran bastante más remotas. A veces teníamos suerte. Otras un poco menos. Nuestro próximo destino era Champasak.

                - Sabaidi…!!! Champasak …? No money…!!! For Free…?

                Esas eran las palabras que mencionábamos cada vez que un auto frenaba al costado de la ruta, las cuales venían acompañadas de unas conquistadoras sonrisas y caras de inocentes ángeles. Esta vez la suerte viajó con nosotros. Su conductor, más entusiasmado que nosotros, y su familia decidieron adoptarnos y hacer de su destino el nuestro.

                Recostado sobre la ladera de la montaña y escondido entre inmensos jacarandas, reposa el templo Wat Phu Champasak. Solitario. Místico. Silencioso. Impregnado del penetrante aroma del incienso. Firmes esculturas, deterioradas por las insistentes lluvias, como centinelas protegen su activo santuario. Figuras que dejan traslucir la actual devoción de aquellos apegados creyentes. Esa paz nos hacía pensar en nuestras vidas. En nuestro camino. Mirábamos atrás en este camino recorrido. Tantos instantes vividos. Tantas sensaciones. Tantas emociones.

                Su destino era Pakse, unos cuantos kilómetros más hacia el norte. Dejamos que ese fuera, también, nuestro destino. Su generosidad nos llevó a compartir un inesperado y sabroso almuerzo. Dejamos que nuestras manos dejaran fluir su música en gratitud ante tal gesto. Vivencias que solo la ruta te puede dar. Nos despedimos muy agradecidos. Personas que, probablemente, nunca más volvamos a ver en nuestras vidas, pero que con un simple hecho quedarán grabadas en la memoria por siempre. Habíamos llegado a Pakse.

                Se pueden estar horas en la ruta. Bajo un ardiente sol. Tierra. Polvo. Sudor. Pero cuando un auto se detiene,  la emoción que genera en el interior de cada uno, hace olvidar aquella ardua espera. El fuerte viento en la cara renueva ese agobiante calor, dibujando automáticamente la felicidad en el rostro.

                El Mekong, que venía espiando nuestros pasos desde que llegamos al sur de Vietnam, volvía a ser testigo de nuestras andanzas. Entusiasmado, el Mekong, sonreía. El camino nos depositaba nuevamente sobre su cauce. Lo contemplaba. Lo acariciaba. Podía sentir en sus aguas la frescura de la vida. Parsimoniosamente, su apaciguada corriente nos depositó en la pacífica isla de Don Det.

                ¿Se respiraba un aire distinto? O ¿Éramos nosotros que lo percibíamos de una manera diferente? Una cálida brisa nos abrazaba y daba la bienvenida a estas nuevas tierras. Laos.

                Don Det, una isla atrapada y dominada por la tranquilidad. Un lugar donde el tiempo fingiese avanzar más lentamente. Un rincón en donde la vida pareciera tornarse más pausada. Mansamente nos dejamos aprisionar por esa atrayente y cautivante paz. Recorrimos una y otra vez sus boscosos y angostos caminos. Destrozados y olvidados puentes, en donde el equilibrio jugaba como nuestro mejor amigo.

                Adormecidos por el ir y venir de las barcas, consentimos que las hamacas nos envolvieran en su somnolencia, disfrutando como nuestras mentes divagaban por los lugares más recónditos.

                Queríamos seguir nuestra aventura por el abandonado y salvaje norte del país. Pero, el caprichoso y empecinado destino hizo uso de todas sus artimañas y habilidades para impedir que nuestro deseo llegase a materializarse. Por la noche, aliándose con la lluvia haciendo que las carreteras sean prácticamente intransitables. Por la mañana, complotándose con las nubes impidiendo que el sol pudiera asomar sus candentes rayos. Hasta los coches, como cualquier otro tipo de transporte, confabularon de ese mismo modo con aquel tozudo destino, no teniendo la menor intención de adentrarse en aquellas pantanosas rutas.

                Aprovechando aquella ventajosa incertidumbre, entró en acción la intuición, sabia y determinante en momentos de tomar decisiones de esta índole. En un tono bastante superado y presumido, la intuición, argumentó:

                 - ¿Por qué no escuchar las señales?… El camino quiere llevarlos nuevamente a Siem Reap ¿Por qué no dejarse guiar por él?

                El silencio hizo presencia unos cuantos minutos. Luis miraba hacia algún punto cardinal. Yo hacia otro diferente. De golpe, nuestras miradas se cruzaron.

                - Ya fue… volvemos. – Dijimos casi al unísono. Y nos fundimos en una contagiosa y cómplice risa.

                El corazón, al ver que estaba siendo ignorado, murmuró algunas palabras, pero enseguida se dio cuenta que aquella conclusión no modificaba sus sentimientos. Permitió, entonces, que la intuición liderase aquella, indiferente para él, decisión.

                El regreso a Siem Reap, estuvo impregnado de energía, buena onda y mucha vibra. Fue una vuelta copiosamente musical. Aquellas curtidas y ajetreadas guitarras decoraron las calles de Siem Reap. La música, rompedora de esquemas, unificadora de almas. Unión de las almas en la danza de la vida. Era hermoso ver y sentir lo que la música generaba en la gente y en nosotros mismos.

                Gracias a todas esas almas por su completa entrega. Gracias por haber hecho que la música vibre en sus corazones. Porque en los nuestros, esa música no deja de sonar. No deja de vibrar. No deja de palpitar. Porque de eso se trata la vida. Emociones. A través de la música nos acercamos a ese paraíso, a veces, en apariencia, tan lejano.

                La música nos mostraba una vez más que no existen fronteras, ni pasaportes, ni lenguajes para que ella pueda expresarse ante la humanidad. La música es puro sentimiento, pura pasión, es esencia en su máximo esplendor.

                La música es libre. Libre como el viento, ese mismo viento que acaricia las blancas y heladas montañas de los Himalayas y se apacigua en las turquesas y cálidas aguas del Caribe. Libre como el sol, ese mismo sol que amanece en tierras orientales y se adormecerse en los confines occidentales.

                El viejo destino, orgulloso de su intervención, se alejaba tarareando los acordes de la última canción, sonriente viendo esa encantadora fusión.

                En las afueras del desolado y polvoriento pueblo de Anlong Veng, recostados sobre la ruta, esperábamos serenamente que algún vehículo nos levantase. Callejeros transeúntes, que se encontraban aburridos en su rutinaria mañana, al vernos solitarios en aquella carretera, se acercaban indagando a que se debía nuestra atípica presencia. Se arrimaron algunos autos, pero debido a la cantidad exorbitante de dinero que demandaban a cambio, continuaban su rumbo sin nosotros.

                Entre toda aquella multitud que se fue aglomerando a nuestro alrededor, se asomó “Lucky”, como él se hacía llamar, con su simpático inglés. Habíamos conocido a dicho personaje la noche anterior en las desiertas y oscuras calles de Anlong Veng, en nuestra infructuosa búsqueda de algo sustancioso para nutrir nuestros hambrientos estómagos. En aquel nuevo día, con su ayuda, logramos emprender el largo camino hacia uno de los templos más controvertidos de la dinastía Khmer. Templo que al estar incrustado en la cima de la montaña en la frontera entre Cambodia y Tailandia, ambos países se disputan su posesión.

                Inesperadamente, Lucky se sumó a nuestro agitado viaje. Soltaba palabras en todo momento. Pero eran palabras vacías, palabras que no decían nada. A medida que la camioneta avanzaba, él empezaba poco a poco a lidiar los límites entre copado e infumable. Lamentablemente el peso de alcohol en sangre lo inclinó hacia el lado menos deseable. Parecía no entender lo que significaba estar callado. Disfrutar del silencio. Disfrutar del viento. Decidimos ignorarlo repentina y bruscamente. Al notar nuestro leve rechazo paulatinamente, aquella máquina de arrojar palabras, se fue apaciguando. Finalmente, pudimos dejar fluir nuestra imaginación.

                Sentado a mi lado estaba Luis, con una fresca sonrisa, sin poder ocultar su felicidad. Sus traviesos pelos jugueteaban con el rabioso viento que se colaba en la camioneta. Ese viento nos impregnaba el rostro de felicidad. Me sentía libre en cuerpo y alma. Dejaba perder mi mirada en el contrastante verde profundo de la vegetación y el intenso anaranjado de la ruta.

                Emprendimos la caminata hacia la cumbre. La subida era escarpada. El ambiente se hallaba impregnado de un agobiante calor. En aquel arduo camino, como si Buda se hubiese apiadado de estos dos insistentes peregrinos, una camioneta decidió llevarnos hasta las inmediaciones del templo. Bastó, simplemente, una sonrisa.

                Un lugar en donde el sol se despierta en Cambodia para dormirse en Tailandia. Un territorio en donde la energía pareciese estar disimulada entre aquel innecesario y triste litigio. Un templo en donde los inofensivos y pacíficos budas pareciesen haber sido reemplazados por armados y belicosos soldados.

                Contemplamos aquel horizonte infinito, que ese majestuoso templo nos regalaba, mientras unas traviesas gotas acariciaban nuestros agotados cuerpos. Prasat Preah Vihear, una aventura hacia los límites entre lo divino y lo terrenal.

                Aquella templada noche, mientras contemplaba una creciente luna de Agosto, Narsimha, tomó la decisión. Romper con todo aquello que le impedía llegar a lo sublime. Terminar con todo aquello que le imposibilitaba alcanzar el Nirvana. Quería sentir el elixir de la vida. Anhelaba concebir el éxtasis espiritual. Pasó la madrugada en vela, admirando como el cielo iba metamorfoseando su ornamenta. Cuando el horizonte empezaba a clarear, Narsimha, partió, dejando atrás la evidente seguridad que lo rodeaba.

                Su conservadora familia no entendía aquella inesperada e insólita determinación. Solamente Ashwini, su hermana menor, sabía y comprendía los motivos de aquella sincera e irrevocable decisión. El, conociendo el dolor que a su dulce y confidente hermana le producía, la tomó del rostro, y muy suavemente le besó sus almendrados ojos. Ella, igualmente sabiendo la felicidad que a su hermano le generaba, al verlo partir, no pudo evitar que sus ojos se le inundaran de lágrimas. Bajo un sol resplandeciente, a un paso pausado, Narsimha, se alejó.

                Transitando el largo camino recordaba fragmentos de aquellos libros que había leído en su cercana adolescencia. Se sentía como Siddhartha en su permanente búsqueda hacia lo elevado, hacia lo trascendental.  El simple hecho de que el viento roce su rostro le hinchaba el pecho de felicidad. Respiraba, lenta y profundamente. Sentía como la sangre se escurría en sus venas. Se sentía Vivo.

                El camino no siempre fue fácil. Áspero algunas veces, pero muchas otras tan hermoso. Peregrinó años de su vida para llegar a la Ciudad Sagrada. Atravesando inhóspitas y desconocidas tierras. Sus curtidos pies avanzaban ya sin importar el terreno que transitaban. Sus harapos, de un naranja subyugante y cautivador, acompañaban su parsimonioso y decidido andar.

                Tenía frente a sus ojos al enigmático y misterioso templo de Bayon. El templo de las mil y una caras. Observaba esos rostros tallados en piedra. Lograba escuchar el estrepitoso ruido de los fervorosos martillazos que, con tanta devoción, fueron gravando aquellas penetrantes miradas. Miradas de felicidad, por haber sido testigos de aquellos años de mágico esplendor. Miradas de tristeza, añorando aquellos tiempos dorados. Miradas de curiosidad, persiguiendo el intrépido paso de los visitantes.

                Las ruinas de Ta Prohm, una fusión magnífica y hechicera entre templo y naturaleza. Romántica. Profunda. Dicen, algunos libros, que hay un ciclo poético que envuelve estas venerables ruinas, en donde el hombre conquista a la naturaleza para construir y la naturaleza vuelve a conquistar al hombre para destruir. Narsimha, sentado en su profunda soledad, pensaba con una sonrisa: – La naturaleza conquista al hombre para volver a construir lo que alguna vez fue suyo.

                Los templos de Angkor son la perfecta fusión entre la ambición creativa y devoción espiritual. Templos concebidos por una Inspiración divina.

                Sobre las costas del Stung Sangker reposa el despreocupado y desganado pueblo de Battambang. Al comienzo de cada nuevo día, con la claridad del amanecer, un desprolijo y tumultuoso mercado central comienza a tomar vida, siendo, éste último, quien rompe con la quietud y tranquilidad de la noche.

                Decidimos, entonces, escabullirnos de aquella ruidosa multitud y nos perdimos en la contrastante, pero atrapante y agradable paz de los templos. Templos que nos alejan de la cotidiana contaminación. Templos que nos acercan más a la purificación espiritual. Mirar el horizonte. Efímeros momentos que alimentan nuestras almas. Aquellos pequeños instantes que nos hacen sentir vivos.

                En las afueras de la ciudad, mientras la lluvia dominaba el ambiente, nuestro corazón se impregnaba de esta nueva cultura. Habíamos conocido a ChhunLy días atrás en Phnom Penh. Un muchacho de tez morena, franca sonrisa y  sumergida mirada. Cautivado por nuestra música nos ofreció su bondad. Bajo su techo, las melodías de las guitarras, seguían el ritmo de las persistentes gotas que fuertemente azotaban la morada.

                Paulatinamente la luz del sol se va apaciguando. Con la mansedumbre del anochecer, también su mercado se va disolviendo, dejando paso a una calma absoluta. En aquellas desoladas noches pareciese nunca haber existido semejante bullicio. Solo los vestigios de una guerra inagotable de compra y venta dejan traslucir los indicios de que, en esas mismas calles, hubo vida horas atrás.

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