Queríamos seguir nuestra aventura por el abandonado y salvaje norte del país. Pero, el caprichoso y empecinado destino hizo uso de todas sus artimañas y habilidades para impedir que nuestro deseo llegase a materializarse. Por la noche, aliándose con la lluvia haciendo que las carreteras sean prácticamente intransitables. Por la mañana, complotándose con las nubes impidiendo que el sol pudiera asomar sus candentes rayos. Hasta los coches, como cualquier otro tipo de transporte, confabularon de ese mismo modo con aquel tozudo destino, no teniendo la menor intención de adentrarse en aquellas pantanosas rutas.
Aprovechando aquella ventajosa incertidumbre, entró en acción la intuición, sabia y determinante en momentos de tomar decisiones de esta índole. En un tono bastante superado y presumido, la intuición, argumentó:
- ¿Por qué no escuchar las señales?… El camino quiere llevarlos nuevamente a Siem Reap ¿Por qué no dejarse guiar por él?
El silencio hizo presencia unos cuantos minutos. Luis miraba hacia algún punto cardinal. Yo hacia otro diferente. De golpe, nuestras miradas se cruzaron.
- Ya fue… volvemos. – Dijimos casi al unísono. Y nos fundimos en una contagiosa y cómplice risa.
El corazón, al ver que estaba siendo ignorado, murmuró algunas palabras, pero enseguida se dio cuenta que aquella conclusión no modificaba sus sentimientos. Permitió, entonces, que la intuición liderase aquella, indiferente para él, decisión.
El regreso a Siem Reap, estuvo impregnado de energía, buena onda y mucha vibra. Fue una vuelta copiosamente musical. Aquellas curtidas y ajetreadas guitarras decoraron las calles de Siem Reap. La música, rompedora de esquemas, unificadora de almas. Unión de las almas en la danza de la vida. Era hermoso ver y sentir lo que la música generaba en la gente y en nosotros mismos.
Gracias a todas esas almas por su completa entrega. Gracias por haber hecho que la música vibre en sus corazones. Porque en los nuestros, esa música no deja de sonar. No deja de vibrar. No deja de palpitar. Porque de eso se trata la vida. Emociones. A través de la música nos acercamos a ese paraíso, a veces, en apariencia, tan lejano.
La música nos mostraba una vez más que no existen fronteras, ni pasaportes, ni lenguajes para que ella pueda expresarse ante la humanidad. La música es puro sentimiento, pura pasión, es esencia en su máximo esplendor.
La música es libre. Libre como el viento, ese mismo viento que acaricia las blancas y heladas montañas de los Himalayas y se apacigua en las turquesas y cálidas aguas del Caribe. Libre como el sol, ese mismo sol que amanece en tierras orientales y se adormecerse en los confines occidentales.
El viejo destino, orgulloso de su intervención, se alejaba tarareando los acordes de la última canción, sonriente viendo esa encantadora fusión.
