El Mekong, que venía espiando nuestros pasos desde que llegamos al sur de Vietnam, volvía a ser testigo de nuestras andanzas. Entusiasmado, el Mekong, sonreía. El camino nos depositaba nuevamente sobre su cauce. Lo contemplaba. Lo acariciaba. Podía sentir en sus aguas la frescura de la vida. Parsimoniosamente, su apaciguada corriente nos depositó en la pacífica isla de Don Det.
¿Se respiraba un aire distinto? O ¿Éramos nosotros que lo percibíamos de una manera diferente? Una cálida brisa nos abrazaba y daba la bienvenida a estas nuevas tierras. Laos.
Don Det, una isla atrapada y dominada por la tranquilidad. Un lugar donde el tiempo fingiese avanzar más lentamente. Un rincón en donde la vida pareciera tornarse más pausada. Mansamente nos dejamos aprisionar por esa atrayente y cautivante paz. Recorrimos una y otra vez sus boscosos y angostos caminos. Destrozados y olvidados puentes, en donde el equilibrio jugaba como nuestro mejor amigo.
Adormecidos por el ir y venir de las barcas, consentimos que las hamacas nos envolvieran en su somnolencia, disfrutando como nuestras mentes divagaban por los lugares más recónditos.

tambien la sencillez de los momentos es un toque que deleita el espiritu y asi nos elevamos a la claridad!….
Siganla pasando chido!!!!!!
La música necesita del silencio para su existencia. También, todo hombre, necesita de esta forma.
La música y el silencio, nos conduce y nos conecta hacia nuestro interior, generando en ciertas situaciones un ocio saludable que no es otra cosa que este precioso instante intercambiando el fuera y el dentro.
Cautivante y enriquecedora esta paz de Don Det.
Che!… donde quedo el relato viajero menos mistico que cuenta que anduvieron haciendo? jajaja…
Bueno, buenisimo amigos, ,quiero ver mas fotooos!… les mando un abrazo!
PnP