El día comenzaba a clarear. Todavía, un poco dormidos, nos fuimos sumergiendo en la ruta nacional número 13. Carretera que atraviesa Laos de norte a sur, convirtiéndose de esta manera en su espina dorsal. El simple hecho de estar parados en la ruta, esperando que alguien nos levantara, nos llenaba de felicidad. Sentir el aire fresco. La soledad. Era hermoso.
Habíamos decidido viajar a dedo por Laos. Sabíamos que no emprendíamos una tarea fácil. Siempre, siendo dos hombres, las posibilidades eran bastante más remotas. A veces teníamos suerte. Otras un poco menos. Nuestro próximo destino era Champasak.
- Sabaidi…!!! Champasak …? No money…!!! For Free…?
Esas eran las palabras que mencionábamos cada vez que un auto frenaba al costado de la ruta, las cuales venían acompañadas de unas conquistadoras sonrisas y caras de inocentes ángeles. Esta vez la suerte viajó con nosotros. Su conductor, más entusiasmado que nosotros, y su familia decidieron adoptarnos y hacer de su destino el nuestro.
Recostado sobre la ladera de la montaña y escondido entre inmensos jacarandas, reposa el templo Wat Phu Champasak. Solitario. Místico. Silencioso. Impregnado del penetrante aroma del incienso. Firmes esculturas, deterioradas por las insistentes lluvias, como centinelas protegen su activo santuario. Figuras que dejan traslucir la actual devoción de aquellos apegados creyentes. Esa paz nos hacía pensar en nuestras vidas. En nuestro camino. Mirábamos atrás en este camino recorrido. Tantos instantes vividos. Tantas sensaciones. Tantas emociones.
Su destino era Pakse, unos cuantos kilómetros más hacia el norte. Dejamos que ese fuera, también, nuestro destino. Su generosidad nos llevó a compartir un inesperado y sabroso almuerzo. Dejamos que nuestras manos dejaran fluir su música en gratitud ante tal gesto. Vivencias que solo la ruta te puede dar. Nos despedimos muy agradecidos. Personas que, probablemente, nunca más volvamos a ver en nuestras vidas, pero que con un simple hecho quedarán grabadas en la memoria por siempre. Habíamos llegado a Pakse.
Se pueden estar horas en la ruta. Bajo un ardiente sol. Tierra. Polvo. Sudor. Pero cuando un auto se detiene, la emoción que genera en el interior de cada uno, hace olvidar aquella ardua espera. El fuerte viento en la cara renueva ese agobiante calor, dibujando automáticamente la felicidad en el rostro.

Que grandes haciendo dedo en laos!!…
Bueno, posteen fotos tambien asi vemos todo!..
Un abrazo amigos!
PnP
Que humanística la foto en la que están reunidos con la familia!!!!: Cuanta magía encierra viajar de esta forma, sin comisiones de recepción, sin destino ni horas fijas, dándose el tiempo para amar a la humanidad en general, mezclándose y conviviendo con ella.
Y cuanta poesía, porque, no sólo incorporan nuevas experiencias, sino, porque además, manifiestan comprender la unidad en la variedad.
Ustedes no son turistas sino viajeros, la diferencia está en que los primeros visitan lugares, mientras que los otros los sienten……..
de nueva a cuenta totalmente acorde con los MaPas…! esperamos con mucho entusiasmo sus siguientes anégdotas…. un beso y abrazo!!!!!!!!!!!
..Y esos sentimientos que bien los transmiten, no solo con palabras, sino que alcanza con ver una foto!!
Un beso grande!!!
Chiquis… es muy lindo ir siguiendo su camino desde acá… Ademas de abrirse camino a cada paso lo transmiten de una forma en la q los sentientos y sensaciones se sienten en cada palabra, en cada foto…
Q se siga haciendo camino!!!
Un abrazo enorrrrmeeee…
Menos comprendo ahora a aquella camioneta que hace un par de días se enfrento con nosotros en aquella desolada montaña salteña, en el día de nuestra partida. Paso delante de nuestro improvisado vivac armado con lo único sano que había quedado de la carpa, levantando algo de polvo y sin siquiera un saludo de rigor (mucho menos un: como están o necesitan algo) continuo montaña arriba buscando lugar para acampar. Allí, en aquel lugar al que nunca nadie va…Que contraste! Pero así es… Lo maravilloso es que hay gente maravillosa.
Estoy poniendome al día con sus relatos, recién llegadita y con la cabeza en altura, cuesta bajar… y por suerte estas anecdotas me hacen compañía mientras sigo andando colgada por allí arriba.