En el camino, como el libro que estoy leyendo. Y nunca más real, porque estoy escribiendo en el tren que une Shenzhen con Guilin. Y Shenzhen, lo que para muchos no debe ser mas que una ciudad de paso, a mi me dejó cosas maravillosas.
Desde el momento de sacar el pasaje hasta el momento de subirnos al tren, no recibimos mas que ayuda, afecto, calidez y muestras de asombro. Los pocos que hablan inglés nos ayudaron al momento de comprar los tickets. Y es increíble como uno trae una forma de pensar y ciertos preconceptos y se van derrumbando de a poco.
En el Mc Donalds, para matar el tiempo, ya que ahora teníamos 23hs de espera por delante, y obviamente, ningún lugar donde quedarnos, comenzamos a jugar a la “escoba”. Y el seguridad no se acercó a decirnos “no se puede”, por el contrario, se quedó mirando el juego asombrado, llamando a las cajeras para que se unieran a contemplar ese “extraño juego”.
A las 22hs fuimos a la plazoleta de la estación, dispuestos a compartir la noche ahí, en vela, junto con otros tantos que esperarían hasta la mañana siguiente para tomar sus trenes con destinos inciertos para mí. Algunos se acercaron ofreciendo hoteles, pero desistieron rápidamente. Y sacamos las guitarras, y la gente comenzó a juntarse a nuestro lado, aplaudieron, compartieron, nos convidaron cigarrillos, nos regalaron incienso, un billete con un avioncito, de algún lugar desconocido (luego supe que era un viejo billete chino ya en desuso).

Y se sumaron personajes a esa maravillosa noche, las señoras de Brunei que luego de la foto nos desearon paz en nuestro camino, las nenitas que en un principio se acercaron tímidamente y luego no pararon de posar para la cámara; el pelado, que luego trajo cartas de póker y con quien jugamos durante horas a un juego que aún estoy tratando de descifrar, el señor que juntaba latas y que pedía que bailáramos Rock, el gordo de los puchos negros, la vendedora de choclo y batata (nuestra cena), el de la camisa negra, “anteojitos”..que hasta se animó con la guitarra; los policías, de quienes al principio temíamos, esperando el típico “Passport please” pero que en realidad venían a escuchar, compartir un cigarrillo y ver que nadie nos estuviera molestando. También apareció el que, luego de un “very good” acercó su billete de 10 yuans a la funda de mi guitarra, y a quien muy agradecidos le contestamos “its not neccesary, we are just playing for fun”. Miró extrañado, sonrió y se marchó.

Y entre toda esa gente aparecieron los dos amigos, uno flaquito, el otro con su gorrito de enorme visera, que se aliaron a Lechu en ese extraño juego de cartas, y nos ayudaron a ganar algunos partidos (a veces hacían trampa, pobre el pelado no se daba cuenta, y nosotros no parábamos de reírnos). Y uno de ellos también iba a Guilin, en nuestro mismo tren, así que se transformó en nuestro guía y traductor las siguientes 10 horas. No hablaba inglés con lo cual todo fue lenguaje de señas y muchas horas de pictionary.
Almorzamos, sellamos los pasajes, nos ayudó con las mochilas, y lo más sorprendente de todo no fue su hospitalidad mientras esperábamos por el mismo tren, sino que al momento de “embarcar”, levantó su mano, nos regaló un afectuoso saludo, y se fue, desapareciendo entre la gente, para nuestra sorpresa…puede haberse quedado las 10 hs por el sólo hecho de ayudarnos? Parece que sí….y este es sólo el comienzo de China.
