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                Era temprano. Un apaciguado y anaranjado sol se colaba por entre las translucientes y delgadas nubes que decoraban el cielo en aquella húmeda mañana de verano. Corría un aire fresco que ayudaba a despabilar nuestros ojos, todavía un poco amodorrados.

                El Mekong, rio que arrastra sus aguas desde las altas y gélidas montañas tibetanas. Pura y cristalina en su nacimiento. Un cauce alocado con pronunciadas pendientes, haciéndolo prácticamente intransitable.  Pantanosa y turbia en su desembocadura. El terreno, mas homogéneo, hace que su curso sea enormemente sosegado. Serenamente navegable, convirtiéndose en la principal fuente de vida de la región.

                El Mekong, jugaba en nosotros una ambigüedad de sentimientos. Alegría y felicidad. Porque sería quien nos transportaría a esas nuevas tierras que tanto ansiábamos y deseábamos. Melancolía y añoranza. Porque al embarcarnos en él dejaríamos atrás un país hermoso. Una tierra que nos había mostrado encantadoras y sublimes sensaciones. Inesperados y mágicos momentos.

                Los motores del barco ronroneaban. El aire fresco traía el aroma de una tierra inhóspita. Una tierra misteriosa. Una tierra dominada por la dinastía Khmer. Cambodia. Un aire que, paulatinamente, se fue convirtiendo en viento. Cada vez más intenso. Nos susurraba al oído el sentido de la libertad. Y así nos sentíamos nosotros sentados en la cubierta de ese barco. Libres, peregrinando este mundo tan imponente y maravilloso.

 

Hace 10 días llegamos a Ho Chi Min City (Saigon hasta 1975),  un verdadero caos, pero del lindo, del divertido… es realmente una experiencia inolvidable  subirse a una “motobike” en hora pico, y dar una vuelta por la ciudad.

Pero en esta oportunidad no quería referirme a HCMC como ciudad, sino que quiero expresar  todas las imágenes y sensaciones que pasaron por mi cabeza el jueves pasado, cuando fuimos con Lechu y Lea (couchsurfer de suiza) al War Remnants Museum.

Y lo recorrimos, detenidamente, leyendo cuidadosamente cada referencia, y observando detenidamente cada foto… íbamos en silencio, pensando… reflexionando.  Y quedé perplejo, y vi llantos, sufrimientos, escuché gritos, y por qué seguimos siendo tan estúpidos?

Sigo sin entender, creo que cada persona que sueña con gobernar una nación, debería tener como pre-requisito “visitar el War Remnants Museum” de HCMC, así si en algún momento de su mandato se le ocurre iniciar una guerra contra otro pueblo, por lo menos lo piensa dos veces.

Habrán pasado por aquí Reagan, Clinton y la familia Bush? Si es así, que me explique George W. como todavía puede tener tropas luchando en Irak? No han aprendido la lección? No hubo suficiente ya? Las atrocidades que se cometieron en esa guerra (y en todas y cada una). Sabemos que en este caso sólo veíamos un lado de la historia, pero también sabemos que la guerra no fue en suelo norteamericano, con lo cual, cada secuela, tanto en el medio ambiente como en  cada hijo de aquellas personas afectadas con Napalm o Agente Naranja, se ve reflejada aquí en Vietnam, en esta tierra y en las generaciones futuras.

El museo tiene 8 muestras permanentes, algunas realmente te dejaban sin aliento, Tiger Cages (las celdas de castigo), mutilaciones, fotos de familias desesperadas,  criaturas llorando… pero me voy a detener en la última… Children´s Painting Collection, porque quiero dar un mensaje de esperanza. Porque me quedé totalmente asombrado, como nenes de entre 7 y 13 años podían expresar  tan mágicamente, con un dibujo, lo que adultos que nos gobiernan todavía no pueden entender: “War is Crime” pintó Tran Duy, de 11 años; y “Dream of peace”, Ho Cong…de 8.

Con Lechu nos preguntamos…hubo algún día en la historia de la humanidad en el cual no hubo guerra? Entiéndase, ningún pueblo matándose entre sí? Probablemente  la respuesta sea NO.

¿Llegará el día en que el ser humano comprenda que no debe matar a otro ser humano, ni por diferencia de creencia, raza, religión, por una porción de tierra, por una idea política…?

Así humildemente, desde nuestra “música sin fronteras”, vamos a seguir recorriendo este hermoso continente, y en cada lugar que pueda sacar mi guitarra y llevar ese mensaje, sonarán los acordes del gran John Lennon. “Imagine all the people living life in peace”, pueden decir que soy un soñador… pero de seguro no soy el único.

                Así, casi sin quererlo, nos encontramos con un pequeño y resguardado paraíso tallado en el extremo norte de la isla. En ese preciso momento Música sin Fronteras decidió tomarse unas pequeñas vacaciones. Arena, sol y mar. Pero para ser sinceros lo que mas nos cautivo fue su nocturno mar.

                La noche era cada vez más cerrada y oscura. Con los pies en la orilla contemplaba ese cuadro perfecto. Me sentía atraído hacia ese ir y venir de las olas. Estaba cada vez más cerca. Seducido me deje atrapar por sus aguas. Que hermosa es esa sensación de estar en el mar en plena noche. Pero mas hermoso fueron todas las fosforescencias que aparecieron inmediatamente. Millones y millones de diminutas luminiscencias motivadas por la oscilación del cuerpo. Hechizado por ese mar de brillantes llamas me dejé llevar por la pasión de la vida. Era mágico, increíble, alucinante, estaba fascinado, gritaba de alegría. Era un delirio de felicidad. Estaba enamorado de la vida. De aquellas pequeñas cosas que siendo tan simples y sencillas sean tan hermosas.

                Una lluvia torrencial se apoderó del ambiente. Estaba tan ensimismado que no me daba cuenta que centenares de gotas caían del cielo. Mi guitarra. Abandonada en algún lugar de la playa. Empapada y desamparada me esperaba. Su música estaba callada, pero el mar me daba la música de la existencia. Me encuentro con Luis. Nos abrazamos. Felices en un arrebato de emoción salimos corriendo hacia aquellas milagrosas fosforescencias.

                Gracias Vida por ser tan hermosa y regalarnos estos instantes únicos que perdurarán eternamente en nuestros corazones.

 

Llegamos a HaNoi esperando encontrar una horda de lobos hambrientos al acecho de nuestros agotados y entumecidos cuerpos. Pero, al contrario de aquellos antipáticos pensamientos, nos encontramos con una manada tranquila, adormecida en esa nublada y templada madrugada de junio.

HaNoi una ciudad donde el mundo occidental y oriental coexisten en una perfecta armonía. Donde escabullidos templos entre añejadas construcciones le dan a esta alocada y ruidosa urbe un toque de distinción. Un lugar donde la ley de transito simulase no haberse escrito nunca. Una ciudad del lejano oeste en donde los salvajes e indomables caballos pareciesen haber sido transformados en modernas y enajenadas motocicletas.

Caminamos por esta selva de cemento que rebasaba de calor. Ese calor agobiante, tedioso y pegajoso, que mas que andar nos hacia arrastrar nuestra humanidad. Sin embargo para nuestra sorpresa encontramos en el Hoan Kiem Lake la tranquilidad del paraíso, que nos hacia olvidar por momentos de lo cotidiano.

Una ciudad que pese a su constante bullicio nos supo seducir con su encanto desde que nos adentramos en su corazón.

Asomándose, misteriosamente entre las nubes, florece la belleza y el magnetismo de SaPa. La atmósfera de este pequeño y particular pueblo enclavado en la ladera de la montaña esta dado por sus pícaras niñas y mujeres de las diferentes tribus que habitan en la región y sus alocados motociclistas, que  con cascos de astronautas, deambulan de un lado a otro por la calle principal tratando de apresar algún pasajero.

Sin quererlo nos fuimos embebiendo de su encanto. Nos dejamos sorprender. Una lluviosa tarde se arrimó a nuestro encuentro, con sus decorados y bordados atuendos, Khü, una mujer de piel curtida y desenvuelta sonrisa. Redondos y enormes aros de opacada plata pendían de sus orejas. Una colorida bufanda a modo de gorro cubría su cabeza, dándole un aspecto muy simpático y entrador.

Era increíble el dominio del inglés que manejaba, tanto ella como todas las que se nos acercaban. A medida que la conversación se iba sucediendo nos ofreció quedarnos en su aldea una noche, dándole a cambio una pequeña suma de dinero. Avanzamos los 7 kilómetros que separaban Lao Chai de SaPa bajo una lluvia torrencial.

Su vivienda, de sufrida madera por las inclemencias del clima y techo de chapa oxidada, era sencilla, pero completamente acogedora. Pantalones tradicionales vestían ahora nuestras húmedas piernas, que con la calidez del fuego iban entrando paulatinamente en calor. Llovió durante todo el día. Vivimos un día en su tranquila y apacible vida. Contemplarlos a ellos, tan sencillos, tan humildes, tan nobles, tan magnánimos. Una mirada sincera y honesta con un dejo de perpetua melancolía.

Una familia hermosa que nos abrió las puertas de sus corazones para que vivamos su atractiva tradición.

Ping’An, un encantador y diminuto pueblo disimulado entre un sinfín de terrazas de arroz. Terrazas de un color verde, un verde penetrante que encandila las pupilas un poco adormecidas. Terrazas que van delineando la silueta de la montaña. Adentrarse en él y sus alrededores es remontarse siglos atrás. Un lugar tranquilo y mágico donde la imaginación se pierde entre historias de campesinos.

Viejas casas de madera, hinchadas de humedad o carcomidas por el inevitable paso del tiempo, son quienes contrastan y sobresalen en ese mar de inmensas arroceras. Hogares que fueron testigos de todas las dinastías chinas. Y que ahora lidian con este mundo moderno invadido de celulares y antenas satelitales.

Pero a pesar de cualquier avance tecnológico que el mundo pueda proveer, las terrazas de arroz se siguen cultivando como se hacía en épocas de antaño. Hincando planta por planta y removiendo la tierra con bueyes. Un lugar en donde la esencia y la tradición siguen extraordinariamente vivas.

Amanecía. Todo parecía tranquilo aquella mañana. Pero el sur de China estaba siendo azotado por un terrible e inesperado terremoto. Aquel trágico lunes 12 de mayo. La fuerza de la naturaleza arrasaba con todo aquello que tenía a su alrededor. Ciudades y pueblos devastados. Niños, jóvenes, adultos, ancianos, la tierra no hacia distinciones. Gritos y llantos. Desesperación, impotencia por no poder evitar lo inevitable.

Desde ese siniestro y sombrío momento hasta el día de hoy todo el país estaba brindando ayuda. Nuestro granito de arena a esta causa fue participar en un festival a beneficio de las víctimas del terremoto, donde todas las donaciones recaudadas serían entregadas a la Cruz Roja.

Fueron los chicos del Kaya Bar quienes nos abrieron las puertas a semejante oportunidad. Entusiasmados nos unimos al festival. Ya nos estaban esperando. Enseguida se acercaron, nos dieron las remeras correspondientes y a probar sonido.

                Era emocionante ver como la gente colaboraba en las urnas. Desde el mas humilde hasta aquellos que tenían una posición mucho mejor. Turistas o nativos, sin importar raza, religión o color  ayudaban en este acto humano. Ver el sentimiento de ayuda en la gente. Como una turista empapada en llantos se acercaba a hacer sus donaciones.

                Nosotros tuvimos la increíble posibilidad de contribuir en tal noble evento. Éramos los únicos extranjeros que participaban en el festival. Todos nos agradecían, pero más agradecidos estábamos nosotros de tener la ocasión de poderlos ayudar.

                Estaba conmovido. Cuando estaba ahí arriba tocando “…Wish You were here…”, me emocione. Quería llorar. Pero mis ojos hace tiempo que no lo hacen. Lloraba mi alma. Lloraba de emoción al ver esa bondad humana. Sentía como mi corazón palpitaba lágrimas. Un momento hermoso. Lleno de sentimiento.

                Si bien en el mundo hay atrocidades cometidas por los seres humanos, estos actos de bondad hacen que el mundo se sienta un poco mejor por albergarnos. Era un instante mágico. Tomados de las manos. Transmitiéndonos energía, sinceridad, honestidad. Era increíble estar en ese momento. Hacer algo con y para la humanidad. Mi alma se emocionaba a cada minuto más y más.  Emoción humana. Fue hermoso haber podido brindar esta pequeña ayuda al pueblo chino, que con tanta gratitud nos dio esta posibilidad.

                En silencio … …  en respeto a aquellas almas fallecidas.

                En el camino, como el libro que estoy leyendo. Y nunca más real, porque estoy escribiendo en el tren que une Shenzhen con Guilin. Y Shenzhen, lo que para muchos no debe ser mas que una ciudad de paso, a mi me dejó cosas maravillosas.

                Desde el momento de sacar el pasaje hasta el momento de subirnos al tren, no recibimos mas que ayuda, afecto, calidez y muestras de asombro. Los pocos que hablan inglés nos ayudaron al momento de comprar los tickets. Y es increíble como uno trae una forma de pensar y ciertos preconceptos y se van derrumbando de a poco.

                En el Mc Donalds, para matar el tiempo, ya que ahora teníamos 23hs de espera por delante, y obviamente, ningún lugar donde quedarnos, comenzamos a jugar a la “escoba”. Y el seguridad no se acercó a decirnos “no se puede”, por el contrario, se quedó mirando el juego asombrado, llamando a las cajeras para que se unieran a contemplar ese “extraño juego”.

                A las 22hs fuimos a la plazoleta de la estación, dispuestos a compartir la noche ahí, en vela, junto con otros tantos que esperarían hasta la mañana siguiente para tomar sus trenes con destinos inciertos para mí. Algunos se acercaron ofreciendo hoteles, pero desistieron rápidamente. Y sacamos las guitarras, y la gente comenzó a juntarse a nuestro lado, aplaudieron, compartieron, nos convidaron cigarrillos, nos regalaron incienso, un billete con un avioncito, de algún lugar desconocido (luego supe que era un viejo billete chino ya en desuso).

                 Y se sumaron personajes a esa maravillosa noche, las señoras de Brunei que luego de la foto nos desearon paz en nuestro camino, las nenitas que en un principio se acercaron tímidamente y luego no pararon de posar para la cámara; el pelado, que luego trajo cartas de póker y con quien jugamos durante horas a un juego que aún estoy tratando de descifrar, el señor que juntaba latas y que pedía que bailáramos Rock, el gordo de los puchos negros, la vendedora de choclo y batata (nuestra cena), el de la camisa negra, “anteojitos”..que hasta se animó con la guitarra; los policías, de quienes al principio temíamos, esperando el típico “Passport please” pero que en realidad venían a escuchar, compartir un cigarrillo y ver que nadie nos estuviera molestando. También apareció el que, luego de un “very good” acercó su billete de 10 yuans a la funda de mi guitarra, y a quien muy agradecidos le contestamos “its not neccesary, we are just playing for fun”. Miró extrañado, sonrió y se marchó.

                Y entre toda esa gente aparecieron los dos amigos, uno flaquito, el otro con su gorrito de enorme visera, que se aliaron a Lechu en ese extraño juego de cartas, y nos ayudaron  a ganar algunos partidos (a veces hacían trampa, pobre el pelado no se daba cuenta, y nosotros no parábamos de reírnos). Y uno de ellos también iba a Guilin, en nuestro mismo tren, así que se transformó en nuestro guía y traductor las siguientes 10 horas. No hablaba inglés con lo cual todo fue lenguaje de señas y muchas horas de pictionary.

                Almorzamos, sellamos los pasajes, nos ayudó con las mochilas, y lo más sorprendente de todo no fue su hospitalidad mientras esperábamos por el mismo tren, sino que al momento de “embarcar”,  levantó su mano, nos regaló un afectuoso saludo, y se fue, desapareciendo entre la gente, para nuestra sorpresa…puede haberse quedado las 10 hs por el sólo hecho de ayudarnos? Parece que sí….y este es sólo el comienzo de China.

 

              Costaba dejar Hong Kong atrás. Habíamos pasado tanto tiempo que nos fuimos encariñando con esta cosmopolita ciudad. Pero la ruta nos llamaba, nos esperaba deseosa, sedienta de nuevas historias. Con un dejo de tristeza, no podría negarlo, emprendimos el camino hacia el próximo destino. Caminamos las dos fronteras. Cruzamos el angosto, sucio y descuidado canal que separa Hong Kong de su gran e imponente vecino: China. Las formalidades aduaneras demoraron lo justo, no fue corto, pero tampoco fue tedioso.

                A un paso lento nos adentramos en China, quien nos sonreía y nos abría las puertas. Los policías, al vernos recién llegados con todos nuestros bártulos, alegres buscaban ayudarnos, sin siquiera hablar nada de inglés y con señas nos indicaban caminos que nunca terminábamos de comprender del todo.

                El próximo tren a Guilin salía recién al otro día a las 6 de la tarde. Casi 24 horas de espera. Nos miramos, un gesto cómplice, no hacía falta agregar palabras, sentarnos a esperar. Buscamos un lugar tranquilo, y al cabo de un rato nos dimos cuenta que no éramos los únicos que estábamos en esa misma situación. Errantes individuos reposaban, frente a la estación, sus cansados y ajetreados cuerpos. Habíamos decidido pasar la noche en vela.

                Curiosas miradas se interesaban por nuestra intrépida e inusual presencia. Nos observaban extrañados. Como preguntándose. ¿Por qué no están durmiendo en un hotel?

                Luis, sentado contemplaba el ir y venir de la gente. Yo, parado estiraba mis entumecidas piernas. Un individuo de cuerpo delgado y un poco encorvado, debido a su gran altura, se sienta. Con su mano me invita a que me siente a su lado. Su rostro afilado y de pelo rapado dejaban traslucir su estereotipo militar, pero sus ojos transmitían una dulce bondad y una increíble nostalgia.

                Saca de su bolsillo una cajita llena de chismes. Y, como desprendiéndose de un objeto preciado para él, nos regala unos viejos billetes de hace tiempo atrás. Su gesto, sencillo y sincero, me emocionó. En gratitud a su acción le entregué un billete de 2 pesos que me venía acompañando desde que deje Argentina. Se lo veía sonriente y contento.

                Impacientes estaban las guitarras por adornar el ambiente con acordes. Era momento de que salieran a la penumbra de la noche. Poco a poco la gente se fue agrupando. Nos miraban atónitos. Se observaban unos con otros. Se reían. Aplaudían. Algunos se acercaban y preguntaban algo en su reducido inglés. Los más atrevidos agarraban la guitarra para sacarse alguna foto. Otros rasgueaban acordes entonando alguna canción. Mágicos momentos que hacían olvidar por unos instantes su cotidiana rutina.  

                Hasta algunos policías se acercaban y disfrutaban de esos inesperados instantes. Y pensar que nos habían comentado que pasar la noche despiertos en las inmediaciones de la terminal no era aconsejable. Advertencia que nos demostraba todo lo contrario.

                Así terminaba, o mejor dicho empezaba, nuestro primer día en China, una fresca madrugada de primavera, entre música, cartas y muchas sonrisas, en una tierra donde ninguno, ni ellos, ni nosotros, hablábamos el idioma del otro. Hermoso, simplemente hermoso.

 

            Hacía calor cuando nuestros pies pisaron suelo asiático. El aire nos abrazaba fuertemente dándonos la bienvenida. Lentamente nuestros cuerpos se empezaban a sentir pegajosos. Humedad, sudor. Una traviesa gota recorrió de norte a sur mi rostro, al llegar a mi barba vio el eterno precipicio que le aguardaba, buscó aferrarse con todas sus fuerzas, pero ya no había vuelta atrás, y sin darse cuenta comenzó esa caída libre hacia el vacío. No muy lejos podía ver como Luis peleaba con sus húmedos pelos, cada vez más largos, que jugueteaban indomables.

            Mochilas al hombro. Guitarras en mano. Emprendimos camino hacia la bahía de Kowloon. Infinidad de carteles atiborrados con estridentes luces de neón decoraban la Nathan Road, una de sus calles principales. Una guerra de colores por ver quién captaba mas la atención de los transeúntes.

            A un paso lento llegamos a la bahía mas espectacular e imponente que haya visto alguna vez. Ya había sido hipnotizado por su belleza años atrás, pero me volvía a cautivar como si fuese la primera vez. No puedo evitar volver a admirarla. Sonreír y regalarle mi mirada.

            Enormes edificios contornean la costa decorándola con infinidad de resplandecientes luces. El reloj marca las ocho de la noche, minutos más, minutos menos. Una música envolvente inunda la bahía. Los rascacielos comienzan así su danza. Las luces inician su baile, felices, intrépidas, coqueteándose unas con otras. Buscando quien de ellas conquistaba mas miradas. Pero todas en su conjunto hacían un espectáculo increíble y único en el mundo.

            El hermoso show de música y danza finalizaba. Nos encontramos con Maggie, quien nos esperaba preocupada. Nos invitó una deliciosa cena con manjares típicos y la calidez de su hogar.

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The Beginning – Hong Kong – 5 May 2008

It was hot when our feet trod on Asian floor. The air was embracing us strongly giving us the welcome. Slowly our bodies were starting feeling sticky. A naughty drop crossed my face from north to south, when it arrived into my beard it saw the eternal precipice that was waiting for it, it tried to stick with all its forces, but there was no turning back, and it began this free fall towards the emptiness. Not so far from me, I could see how Luis was fighting with his wet hair, increasingly lengths, which were playing ferocious.

            We took our backpacks. We took our guitars. We started the way towards Kowloon’s bay. Thousands of signs filled with strident neon lights were decorating the Nathan Road, one of the main streets in Kowloon. It’s seems like a war of colors, looking for which one catch the attention of the pedestrians.

Very slowly we reach the most spectacular and impressive bay that I have ever seen in my life. Its beauty hypnotized me years ago, but it was captivating me again as if it was the first time. I cannot avoid admiring it again.

            Enormous buildings describe the coast decorating it with infinity of shining lights. It’s was eight o clock in the night, some minutes more, some minutes less. A surrounding music floods the bay. The skyscrapers begin to dance. The lights initiate their ballet, happy, intrepid, flirting between them. Searching who of them was conquering more looks. But all together were doing the incredible and unique spectacle in the world.

            The beautiful show of music and dance was finishing. We meet Maggie, who was waiting for us worried, because we didn’t arrive at time. She invited us to a tasty dinner with typical delicacies and then gave us the warmth of her home.

 

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